Victoria, la ciudad vasca de Entre Ríos

Victoria

Los paisajes de Entre Ríos se escurren entre verdes bosques, ríos y termas. Es una de esas provincias en las que la naturaleza ha sido generosa y por esa razón cada verano miles de veraneantes piensan en esta provincia para pasar sus vacaciones.

Lugares como Gualeguaychú, Paraná o Concordia se anticipan como destinos predilectos dentro del itinerario aunque tampoco faltan algunas localidades que despiertan el interés de quienes desean pasar unos días tranquilos. Ese es el caso de Victoria, una pequeña ciudad situada a tan sólo 120 kilómetros de Paraná, la capital de Entre Ríos.

Victoria es pequeña, discreta y en ella se respira el aire de esos pueblos algo olvidados en los cuales el tiempo pareciera no transcurrir. Fue fundada el 13 de mayo de 1810 y está situada al sudoeste de la provincia, donde comienza el Delta del Paraná, en una zona de lomadas y cuchillas. La ciudad está muy cerca de la provincia de Santa Fé, separada de la ciudad de Rosario por el puente Nuestra Señora del Rosario, construido hace 150 años sobre el río Paraná.

El aspecto de Victoria es igual al de muchas ciudades pequeñas del país, es decir que predominan las casas bajas estilo colonial aunque también hay algunos edificios, que por lo general son sin ochavas. En 2002. el casco histórico de la ciudad fue declarado de Interés Histórico Nacional por lo que se transforma en un gran paseo tanto para quienes visitan la ciudad como para quienes deciden realizar una excursión desde Rosario, cruzando el famoso puente.

Victoria

En este centro histórico se pueden visitar lugares como la Iglesia Parroquial Nuestra Señora de Aranzazu, que fue inaugurada en el año 1876 y se encuentra frente a la Plaza San Martín. El Barrio de las Caleras es otro sitio de interés pues allí fue donde se instalaron muchos inmigrantes de origen vasco a principios de 1800 cuando llegaron para trabajar en la explotación de piedra caliza. Aún hoy, muchas de las viviendas estilo vasco sobreviven así como los grandes hornos en donde se cocinaba la cal.

Siguiendo con el recorrido, la Abadía del Niño Dios dista a 3 km de la ciudad y se trata del primer monasterio benedictino de hispanoamérica, fundado en 1899. Durante la visita se pueden ver a los monjes realizar diversos trabajos manuales, como la elaboración de licores, jaleas, miel, velas y cremas. El lugar también funciona como casa de retiro y es un importante centro de peregrinación los fines de semana. Por último está la Villa El Ceibo, una reserva de animales silvestres en donde también se puede acampar.

Foto Vía: Turismo Entre Ríos

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