El Recodo, una historia en San Martín de los Andes

el recodo

Uno podría decir que al caminar los primeros pasos en San Martín de los Andes ha tocado el cielo con las manos. La postal es sin dudas perfecta: calles de exquisita simetría, flores multicolor que en primavera acompasan el sonido del agua y en invierno hibernan para renovar energías, casitas de cuentos de hadas, todas muy cuidadas con sus techos a dos aguas, sus parques de un verde intenso, sus ventanas de madera. El sonido del viento arrulla en ese valle de ensueño en donde el lago Lácar vela por el sueño de sus habitantes.

Pero hay más, otro mundo se esconde dentro de ese mundo, un universo propio que nace al pie de la montaña. Literalmente. Sobre una ladera de piedra maciza está El Recodo, un mágico complejo de cabañas que peca de humilde desde su austera página web, diseñada de tal forma no sin intenciones.

Es que sus dueños lo han pensado todo para que la sorpresa sea parte del atractivo, atreviéndose a hacerle una broma a la generación 2.0. Porque bien lo sabemos todos: cuando el turista realiza la reserva online por lo general inicia una suerte de cata a ciegas, en donde mira, analiza, estudia para finalmente elegir un alojamiento por lo que éste promete, por lo que parece ser a través de unas pocas imágenes, de una breve descripción. ¿Si al llegar se cumplen las expectativas? Nadie lo sabe con certeza, tan sólo es una cuestión de ensayo y error.

En el caso de El Recodo, la realidad sobrepasa la promesa,  al abrir el portón estilo campo  nos encontramos con un pequeño paraíso terrenal, un complejo situado en un lugar estratégico, con el marco de esa ladera maciza, oscura y poderosa que protege el parque lomado, cuidado a punta de cincel, con bancos de madera, flores en cada rincón, grandes manzanos, árboles intensos, un pequeño estanque con sonido zen…

Las cabañas conforman una cofradía perfecta que da vida al lugar, cada una de ellas  pensada con especial esmero, ya no siguiendo el fordismo típico de muchas cabañas del pueblo, todas bonitas pero similares. El diseño ha sido el gran motor de estos pequeños capullos de piedra gris y madera noble, de estas cabañas labradas también a través de la historia familiar de sus dueños.

Porque las cocinas cuentan con viejos fregaderos de época, grandes artefactos industriales de hierro calientan el agua del té cada día, robustas mesas de trabajo nos esperan para un plato patagónico con final feliz. También hay arañas y lámparas de bisabuelos con sentido estético y pinturas de clara herencia personal, chimeneas de donde emana el aroma caliente del roble y grandes futones con acolchados rústicos. Sin preámbulos, el diseño al servicio de la herencia más pura.

El sabor de lo añejo se entremezcla con el espíritu acogedor del lugar y sus dueños saben, y confían, en que esa es la mejor forma de encantar a los visitantes para que nunca olviden su paso por allí. Una ecuación perfecta que sin dudas tiene grandes resultados para quienes tienen la suerte de quedar hechizados.

Print Friendly, PDF & Email



Etiquetas:

Categorias: Patagonia



Deja tu comentario