El efecto del cambio climático en los glaciares de la Patagonia

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El cambio climático es uno de los grandes temas de la agenda social del último milenio. Un término que escuchamos muy a menudo pero que, curiosamente, cobra verdadero significado cuando suceden hechos como el de los glaciares de la patagonia argentina, grandes baluartes de la región sur del país.

Porque las variaciones en las temperaturas y en las condiciones climáticas de los últimos años han devenido en triste presente para estas gigantescas masas de hielo que se erigen en tierras patagónicas y deleitan con al mundo con sus mágicas personalidades. El Upsala, el Spegazzini o el Martial, en tierras fueguinas, son algunos de los glaciares más importantes del país, soberbias masas color blanquecino que, lamentablemente, están retrocediendo a causa de cambio climático, cediendo terreno ante una batalla que parece perdida de antemano. Los augurios son oscuros: de acuerdo a un estudio del Centro Austral de Investigación Científica (CADIC) de Ushuaia estos glaciares desaparecerían en unos 20 o 30 años.

Mejor suerte correría el famoso Glaciar Perito Moreno, que lograría sortear las desventuras posiblemente debido a distintos fenómenos sísmicos o bien a algunos cambios en las condiciones del drenaje de los hielos. Quien sabe hasta cuando.

Pero las excepciones son fortuitas y el suicidio involuntario parece ser la nueva norma de estos y otros excepcionales exponentes naturales. Los glaciares de la Patagonia se nos escurren de los dedos a fuerza de temperaturas que aumentan de la mano del descuido, de un desequilibrio estructural que no es otra cosa que la cara oculta de la flamante sociedad siglo XXI.

Porque como en todo proceso histórico evolutivo, el nuestro no está exento de falacias y también de falencias, triste juego de palabras. Basta asomar la nariz por la puerta de nuestra sociedad para descubrir que somos nosotros los primeros y últimos responsables de semejante atentado cotidiano. Porque la naturaleza tiembla cada vez que encendemos el aire acondicionado y llora ante cada emisión de CO2, se asusta frente a los millones de coches que se alimentan con combustibles fósiles y se estremece con los tóxicos de cada fábrica, con las sierras que desangran árboles cada día. ¿Lo más temible? Siente en su propio cuerpo el ninguneo cotidiano. Ese que le provoca una muerte lenta aunque irreversible.

Y así es como el termómetro sube sus grados y llueve más que nunca en algunas regiones mientras que en otras la falta de agua hace estragos y los cultivos, cansados y débiles, se rinden ante las sequías sin pataleos. Los violines de este oscuro réquiem que la naturaleza entona siguen el ritmo de los polos que se derriten, de los Tsunami que pasan a ser parte del folclore popular y del famoso efecto invernadero, que hoy más que nunca nos hace transpirar la camiseta. Y así es como la orquesta desafina sus notas y muestra las desventuras de un tiempo que ya no es de conejos. Las estadísticas asustan: los diez años más calurosos de la historia han ocurrido entre 1980 y 1997 y se estima que durante este siglo habrá una subida de 3.5°C.

Podríamos hacer un tratado para encontrar una verdadera solución. Quizá ese sería el mejor camino, tal y como lo hacían nuestros antepasados: sentarse y reflexionar para dejar sentado por escrito el rumbo futuro del mundo. Pero la realidad nos indica que en los tiempos que corren es casi una utopía semejante intercambio de argumentos.

Sin embargo, la metáfora tal vez sirva como fuente de inspiración, al menos para arrimarse a una respuesta viable. En una sociedad cada vez más individualista como la nuestra tal vez haya que ser fiel a su estilo buceando en esa pequeña conciencia que todos tenemos y que de alguna manera debe despertar si es que queremos vivir tal y como soñamos. Una conciencia individual que, quien dice, en algún momento puede devenir en movimiento colectivo.

Y entonces sí, tal vez podamos comenzar a hablar de un futuro con aroma a rosas.

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