
Uno podría decir que al poner los pies en San Martín de los Andes ha tocado el cielo con las manos. El sonido del viento arrulla en ese valle de ensueño en donde el lago Lácar vela por el sueño de sus habitantes. Calles de exquisita simetría, flores de todos los colores que en primavera acompasan el sonido del agua y en invierno hibernan para renovar energías, casitas de cuentos de hadas, todas muy cuidadas con sus techos a dos aguas, sus parques de un verde intenso, sus ventanas de madera.
Pero hay más, un mundo se esconde dentro de ese mundo, un universo propio que nace al pie de la montaña. Literalmente, sobre una ladera de piedra que custodia la estadía de quienes se hospedan en El Recodo, un mágico complejo de cabañas que peca de humilde desde su austera página web.
Sus dueños lo han pensado todo para que la sorpresa sea parte de la estadía. Porque cuando el turista realiza la reserva online por lo general inicia una suerte de cata a ciegas, en donde mira, analiza, estudia para finalmente elegir un alojamiento por lo que éste promete, por lo que parece ser a través de unas pocas imágenes, de una breve descripción. ¿Si al llegar se cumplen las expectativas? Nadie lo sabe con certeza, tan sólo es una cuestión de ensayo y error. Y en el caso de El Recodo, la experiencia es más que satisfactoria, algo que Héctor y Rosario, sus dueños, han pensado casi como una pequeña broma que, en este caso particular, por supuesto es de muy buen gusto. Es que uno supone llegar a un lugar con pequeñas y coquetas cabañitas de madera, como esas que vemos en las postales de Suiza o Austria. Pero al abrir el portón estilo campo de El Recodo nos encontramos con un pequeño paraíso terrenal, un complejo situado en un lugar estratégico, con el marco de esa ladera maciza, oscura y poderosa que protege el parque lomado, cuidado a punta de cincel, con bancos de madera, flores en cada rincón, manzanos, árboles intensos, un pequeño estanque con sonido zen…
Las cabañas conforman una cofradía perfecta que da vida al lugar, cada una de ellas ha sido pensada con especial esmero, ya no siguiendo el fordismo típico de muchas cabañas del pueblo -todas bonitas pero similares- sino que el diseño ha estado al servicio de estos pequeños capullos de piedra gris y madera noble. Y también han sido labradas a través de la historia familiar de sus dueños.
Porque las cocinas cuentan con viejos fregaderos de época, grandes artefactos industriales de hierro calientan el agua del té cada día, amplias mesas de trabajo macizas nos esperan para un plato patagónico con final feliz. También hay arañas y lámparas de bisabuelos con sentido estético y pinturas de clara herencia personal, chimeneas de donde emana el aroma caliente del roble y grandes futones con acolchados rústicos. Sin preámbulos, el diseño al servicio de la herencia más pura.
El sabor de lo añejo se entremezcla con el espíritu acogedor de este lugar y sus dueños saben, y confían, en que esa es la mejor forma de encantar a los visitantes para que nunca olviden su paso por allí. Una ecuación perfecta que sin dudas tiene grandes resultados para quienes tienen la suerte de quedar hechizados.
Para más información:
http://www.elrecodopatagonia.com.ar/
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