El Calafate, primeras impresiones

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Hace algunos años El Calafate era un lugar muy pequeño en el mapa argentino, un pueblo en crecimiento que habían elegido algunas familias que con coraje se animaban a poblar la Patagonia, quizá con la idea de una vida tranquila como mejor recompensa.

Así fue como este lugar fue creciendo, de la mano de un turismo que cada día generaba más trabajo aunque con algunas ausencias cotidianas, facilidades presentes en cualquier ciudad pero escasas en un lugar demasiado alejado de los principales centros urbanos. Por entonces, Internet quedaba fuera del alcance y lo mismo ocurría con un puñado de servicios básicos como el gas o la red de alcantarillas.

Es que hace diez o doce años atrás la ciudad era apenas una calle principal que se integraba con el boulevar que aún hoy uno encuentra a la entrada del pueblo, una calle que se une con la avenida por un puente de metal que funcionaba a manera de centro, justo frente a la plaza y a la estación de servicio local.

Para mi sorpresa, al llegar a la ciudad me costó distinguir ese trazado urbano que alguna vez había conocido en mis años de mochilera por el sur. La antigua estación apenas era visible entre las muchas tiendas comerciales y la plaza parecía muy pequeña, entre las construcciones de los alrededores. Esto por no hablar de los numerosos hoteles, la gran cantidad de restaurantes o el tráfico que a eso de las 7 de la tarde se vuelve multitud.

Ahora El Calafate es una de las ciudades más pujantes de la Patagonia más austral y un referente del turismo local. Lo más extraño es que a pesar de su crecimiento y de sus cambios de alguna manera no deja de ser un pueblo en el que todos los habitantes se conocen. También un lugar que late al ritmo de su propia parsimonia, esa que a pesar de todo sigue vigente quizá como principal virtud de este encantador sitio.

Pasada la sorpresa ante los cambios y luego de incorporar la nueva noción de espacio que se imponía ante mis ojos, comencé a palpar a esta nueva urbe tan distinta de la anterior. Y tan parecida a su vez. Lo primero que hice una vez que dejé las maletas en el hotel fue buscar un antiguo hostel en el que alguna vez pasé unos días intensos. Y lo encontré en un abrir y cerrar de ojos, después de todo El Calafate aún no es tan grande y bastó una pequeña caminata en los alrededores del centro para dar con La Cueva, un pequeño alojamiento para mochileros que recibe el nombre por su estructura en forma de cueva.

Situado a unas pocas calles de la avenida principal, de alguna manera este lugar conserva el espíritu de los pioneros que alguna vez se animaron a quemar sus naves para instalarse en el sur. El dueño de La Cueva es un hombre que hoy ronda los 50 años pero conserva el espíritu juvenil y bohemio de los 20. El lugar sigue en pie y forma parte del folclore local y es por eso que muchos extranjeros llegan allí, hasta este mito viviente para dejar sus mochilas y comer guiso, locro o cualquier otro plato local que con habilidad prepara su dueño para agasajar a sus agradecidos huéspedes.

Para encontrarlo hacen falta las recomendaciones, pues si hace unos años el lugar saltaba a la vista debido a que era uno de los pocos hoteles en el Calafate, hoy ha quedado algo perdido en medio de la gran cantidad de viviendas que le hacen compañía. Sólo los nostálgicos pueden dar con él sin indicaciones previas.

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